Capítulo Nono. De cómo me vi envuelto en la madeja de la falta de profesionalidad y cómo me desenvolví.
Éteme aquí que corría el año 2013, en su mes de junio y, como el lector recordará, el plato del torno del que suscribe empezó a comportarse de forma extraña. Pasados los exámenes más rigurosos guiados por los consejos más sublimes y, confirmado el fallo de origen desconocido, decidí encaminar mis pasos hacia eso que llaman Servicio Técnico del Leroy Merlín – lugar donde fue adquirido, tildado por alguno de “error” -, sito en la provincia de Madrid, concretamente en la zona de Rivas.
Con buenas palabras me despacharon y citaron, no sin antes conseguir convencer al encargado de turno de lo inapropiado de su requerimiento de tener que dejar el torno entero, lo cual seguramente hubiese puesto en peligro su integridad - que todos sabemos lo que pasa en esos transportes de mercancías, más cuando la mercancía es delicada - emplazándome, digo, para 6 ó 10 días después.
Como el lector experimentado en estas lides sospechará, esos plazos no se cumplen nunca, y cuando ya habían pasado 3 semanas de dicho suceso, la sangre del que sufre, empezaba a cuajarse como la de aquel santo varón de aquella famosa ermita. Así que tomé el teléfono y “Me pongan al encargado”. He de decir que esto que se dice en 4 palabras me costó 45 min. pegado al teléfono hasta que alguien por fin lo descolgó. Al otro lado resonó, en acento austrohúngaro, la voz de alguien que decía serlo. A los pocos segundos fue evidente que ni encargado ni leches avinagradas, porque era incapaz de decirme dónde estaba el plato ni de pasarme con alguien que pudiera hacerlo. Se limitaba a decirme que tenía que llevar el torno entero. ¡¡Pues sí que hemos avanzado!!.
Como a mis padres les costó unos cuantos duros mi educación, pensé que era el momento (por fin) de darle un buen uso y consideré más prudente gestionar aquello con mano izquierda que pasar del encabronamiento a la ira. Quedó en llamarme al día siguiente, viernes, con las buenas nuevas de su jefe. Esto, como volverá a sospechar el lector avezado, no ocurrió. Ya le tuve que llamar yo. El jefe, evidentemente no estaba. "Para el lunes", me aseguró mientras yo me santiguaba como Turco, en El bueno, el feo y el malo.
El lunes, el austrohúngaro – con quién, no he dicho, resultaba harto complicado entenderse en lenguas vernáculas cristianas – evidentemente no me llamó. Aconsejado entonces por alguien con más años que yo, cogí el San Fermín por los cuernos y llamé a Proxxon España, ubicado en Navarra y de nombre Comersim S.A.U. Allí di con un profesional (de esos que pocos van quedando) que hizo suya mi causa y me prometió reclamar el plato a Leroy, no sin antes sorprenderse del retraso tan inapropiado por parte de éstos.
Resumo, que me alargo. Una semana después de esto, con San Fermines de por medio, un mes después de haberlo dejado, ayer martes, pude pasarme a recogerlo por Leroy. Tuve dos palabras, correctas, corteses y educadas ellas (mis padres, por fin, estarían orgullosos de mí) con el austrohúngaro, afeándole su falta de rigor y profesionalidad y, aunque iba con intención de cursar la pertinente reclamación, lo dejé en una conversación con el jefe de personal donde le expliqué que ni el servicio técnico del Leroy ni la atención telefónica del mismo, están a la altura de lo que tratan de vender. Que por cierto, me enteré de que este servicio técnico es una empresa externa a ellos, lo cual les está haciendo un flaco favor.
Así que un 0 para Leroy (su servicio técnico y los 90 min que habré echado al teléfono en total) y un 10 para Proxxon España.
Fin del capítulo nono.