Era allá por los tiempos de Maricastaña. Yo me sacaba unas pelas pintando los cascos de los yates de los señoritos. El trabajo consistía, básicamente, en lijar. Era una lindeza: se lijaba, sobre todo en techo, con una lijadora de banda, de forma que te iba directo a la cara una nutritiva mezcla de marisco podrido y poliéster requemado, aderezado todo con el picante del polvillo de la fibra de vidrio.
Había un colega que se dedicaba a lo mismo. Pero, mientras yo tenía una ligera AEG, su lijadora de banda era una pesada Legna, que al cuarto de hora te dejaba los brazos hechos mantequilla. Hete aquí que un día el tipo vio la luz, y decidió que sus cojones no volvían a lijar en la vida. Que, puestos a respirar mierda, le gustaba más la tomatina de los invernaderos. Y allá que se fue.
A mi me dejó su provisión de bandas de lija. Me venían grandes, pero por aquel entonces aún no existía China y esas cosas valían una pasta. No tuve más remedio que aprender a pegarlas y es por eso que me atrevo a darte estos consejos:
1º. Corta la banda de lija a un ángulo de unos 45 grados y dale, al menos, 15 mm de solapa a la unión. Se trata de incrementar la superficie de pegado.
2º. Limpia de abrasivo los dos lados. Así consigues que no de ese golpe al lijar que, además de ser molesto, va debilitando la unión.
3º. Pégala con una resina epoxi de alta temperatura. De la marca Araldit también hay.
4º. Cose la unión en todo su perímetro con un hilo resistente, hazlo justo después de echar el Araldit.
5º. Por último, pero no menos importante, compra una estampita de Santa Rascacia, patrona de los lijadores y milagrera donde las haya, y le enciendes una vela.
Salud